La enfermedad de Nash ( para Jotdown)

El pasado 23 de mayo fallecieron en un terrible accidente de tráfico el matemático John Forbes Nash y su esposa Alicia Hardé. La muerte de Nash, el más famoso de los matemáticos, nos ha arrebatado la posibilidad de conocer algo más sobre una de las personalidades más enigmáticas de los últimos tiempos. Su vida se tejió entre tantos fulgores, oscuridades y contradicciones que acabaron por difuminar la esencia de un personaje que, más que a las matemáticas, debió el reconocimiento social a su recuperación de la esquizofrenia, la más grave de las enfermedades mentales.

Siendo ya famoso tras haber ganado el Premio Nobel en 1994, fue la película Una mente maravillosa dirigida porRon Howard en 2001 la que se encargó, con la potencia emocional que arrastra la imagen, de lanzarle al estrellato. Hollywood no desperdició la oportunidad de rentabilizar tan conmovedora historia y apuntalar uno de sus temas más queridos: el que trata de unir la genialidad con la locura, la capacidad creativa con los demonios personales. Así, gracias a la impostura pergeñada por Ron Howard, J. F. Nash (vía Russell Crowe) pasó a pelear por el trono de «genial orate» con el pintor Vincent Van Gogh, «el loco del pelo rojo», que siempre será para nosotros el actor Kirk Douglas. Es cierto que bajo el sufrimiento mental se atisban a veces chispas de excelsa creatividad pero esto no contradice el hecho mucho más frecuente de que la mayoría de los grandes creadores lo son pese a esa clase de problemas y no gracias a ellos.

A John Forbes Nash le dieron el Premio Nobel en 1994 cuando tenía sesenta y seis años, básicamente por una tesis doctoral de veintisiete folios presentada en 1949, a la edad de veintiún años. En dicho trabajo, con aportaciones geniales al decir de los expertos, Nash revolucionó la llamada «teoría de juegos» y la teoría económica del momento: el llamado «equilibrio de Nash» pasó a explicar lo que Adam Smith llamaba «la mano invisible de los mercados». Esos mismos expertos sostienen que muy probablemente no le hubiesen dado el Premio Nobel si no hubiese mediado su recuperación de una enfermedad mental grave.

En 1998, la escritora Sylvia Nassar, especializada en economía, publicó una biografía sobre J. F. Nash tituladaUna mente prodigiosa. Dicha biografía, realizada con un notable respeto por los hechos y un gran esfuerzo investigador pero con muchas cuestiones no resueltas sigue siendo la principal fuente de conocimiento para acercarse a saber quién fue un día J. F. Nash como persona. Nash, que no concedió ni una sola entrevista a la autora, desautorizó el trabajo de Nassar aunque sí colaboró con ella su esposa Alicia, que luego también la criticaría.

Sobre la obra de Nassar creció la película de Ron Howard, que, protagonizada por Russell Crowe, ganaría cuatro premios Óscar en 2001, entre ellos el de mejor película, y convirtió a J. F. Nash en un héroe de leyenda. John Nash y su señora se mostraron mucho más conformes con el trabajo de Howard. La película se convirtió en un emblema en el ámbito de los trastornos mentales para profesionales, familiares y enfermos. Pero la mixtificación que en la cinta se hace de la figura del matemático junto con ciertas ocultaciones de su pasado generaron un clima de desconfianza y de misterio en torno a la verdadera historia de John Forbes Nash. En palabras del crítico de cine Ángel Fernández-Santos: «un asunto tan delicado como la demencia de John Nash es una tarea que pide jugar limpio y con las cartas boca arriba. Pero Howard lo hace con las cartas boca abajo y marcadas». Los años han demostrado que Fernández-Santos aún se quedó  corto calificando el desatino ficcional del avispado cineasta Howard.

Hay tres situaciones de las que Sylvia Nassar da cumplida cuenta en su libro que Ron Howard no toca en su película y que John Nash siempre negó u ocultó: la muerte de un amigo durante la adolescencia, su presunta inclinación homosexual y la culpa que su madre le endilgó sobre la repentina muerte de su padre. El problema es que estos «olvidos» de Howard no tienen que ver con un simple maquillaje del personaje sino que niegan algo tan básico como la influencia de los acontecimientos vitales estresantes en la conducta humana y por ende, en la génesis de los problemas mentales. Nos queda así, también según Fernández Santos, «el drama de una vida vivida que se sufre bien hasta la lágrima final». La realidad es que, según Sylvia Nassar y la mayoría de coetáneos, la vida de Nash y de sus familiares transcurrió casi siempre bordeando ora el sufrimiento ora el espanto.

John Forbes Nash nació en Bluefield, Virginia occidental, en 1928. Su infancia se corresponde con la de lo que hoy llamamos «un niño superdotado» para los estudios: fáciles aprendizajes y pocos amigos. Así, en su adolescencia solo mantenía relación con dos compañeros de su edad. Un día el joven Nash, que tenía interés por la química, instaló en el sótano de su casa un laboratorio donde fabricó explosivos. No se sabe bien cómo uno de sus dos amigos se puso manipular a solas aquellos preparados. La mezcla hizo explosión y lanzó unos cristales contra el muchacho seccionándole la arteria femoral. Murió desangrado. Los padres del otro amiguete lo enviaron a una academia militar con la expresa intención de que dejase de tratarse con Nash, que tenía entonces quince años. Este episodio tan desasosegante para un adolescente no lo incluye Howard en su película. Al año siguiente, Nash se traslada al Instituto de Tecnología de Pittsburgh. Los problemas se agudizan y empieza a presentar alteraciones emocionales y conductas infantiles, llamadas «regresivas» en lenguaje técnico, sobre todo en lo que concierne a una sexualidad que vive como confusa o ambigua, algo muy típico de las psicosis. Parece ser que sus compañeros empiezan a llamarle «Homo». Pero su gran proyección como científico «genial» le permite ir salvando la cara ante las relaciones sociales, para las que se muestra muy limitado. En 1948 opta entre varias universidades que le pretenden y se va a Princeton para dedicarse a las matemáticas. Allí coincidirá con Von Neumann, padre de la teoría de juegos, con Einstein y con Oppenheimer, creador de la bomba atómica. Pero presenta excentricidades y retracciones autísticas cada vez más frecuentes. En 1949 lee su tesis doctoral que causa una gran impacto entre los matemáticos y que le reporta una fama tras la que oculta su aislamiento social. Finalizada la etapa universitaria se traslada como profesor al MIT. Allí se le conocen varias relaciones homosexuales aunque acaba estableciendo una relación con una enfermera, Elaine Stier, con la que tendrá un hijo en 1953, John David, del que se desentiende. Al poco, Nash es rechazado en la atractiva corporación RAND para científicos por «escándalo público», lo que le supone un duro golpe. Sigue dando clases en el MIT y en 1957 se casa con una de sus alumnas, una estudiante de Físicas salvadoreña llamada Alicia Larde. Poco antes de la boda los padres de John se enteran de que tiene un hijo del que no se ocupa. Su padre intenta por todos los medios que el estirado y autista profesor reconozca al pequeño John David, a lo que se niega. El padre sufre un infarto de miocardio y fallece. Su madre le acusará de ser el causante de esa muerte.

En 1958 Alicia queda embarazada y nace su primer y único hijo, John Charles.

En 1959 la esquizofrenia estalla con todos sus síntomas y Nash ha de ser ingresado en un hospital psiquiátrico casi dos meses. Creía, entre otros disparates, que le perseguían unos comunistas y que estaba destinado a ser el emperador de la Antártida. Su precaria estabilidad se desmorona. Pasa varios años entre terrores persecutorios que le llegan como alucinaciones auditivas o ideas delirantes. Son frecuentes los ingresos en hospitales psiquiátricos, algunos de ellos involuntarios, solicitados por Alicia. Le aplican los remedios de la época:electroshock, comas insulínicos y las incipientes medicaciones neurolépticas. Nada parece dar resultado. En 1962 Alicia se divorcia, aunque hacia 1970 volverá a admitir al enfermo en su casa de Princeton Junction. En la biografía de J. F. Nash aparece como crucial el papel de Alicia Lardé, la mujer que tomó las decisiones más importantes para él, su hada guardiana, la eterna cuidadora que no solo hubo de recogerle de la calle en estado casi vegetativo y soportar sus desplantes y demás alteraciones conductuales sino afrontar el hecho aún más terrible de que el hijo de ambos, John Charles, sufriese la misma enfermedad que el padre.

Russell Crowe como John Nash en Una mente maravillosa. Imagen: Universal Pictures.

Durante dos décadas, los años setenta y ochenta del siglo pasado, Nash se hunde en el autismo y en el abandono. Es un personaje marginal que pulula por el campus de Princeton, recogiendo colillas o pidiendo unos dólares. Su presencia era tolerada por respeto a su pasado. Los matemáticos más jóvenes, aunque conocían su trabajo, lo daban por «muerto». Son, sin embargo, lo que Alicia definirá como las «decádas de la vida tranquila». Así hasta 1989, año en que su conducta comienza a variar. Poco a poco vuelve a entablar diálogos coherentes y educados con la gente. Vuelve a interesarse por las matemáticas. Contacta con antiguos compañeros que asisten atónitos a su resurrección. Hasta que, una tarde de octubre de 1994, su amigo Harold Kuhn, tal vez su compañero más constante, le dice en su despacho de Princeton que a la mañana siguiente recibirá una llamada de Estocolmo donde se le anunciará que ha ganado el Premio Nobel junto con otros dos sabios: Selten y Harsanyi.

Nash recibe la noticia sin demasiado alboroto pero su vida ya no será la misma. En la ceremonia de entrega de los premios, en Estocolmo, se niega a hablar de su vida y de sus problemas mentales.

La primera vez que Nash habla abiertamente de su recuperación es en el X Congreso Mundial de Psiquiatría celebrado en Madrid en 1996. Nash pasó a ser el referente de la campaña contra el estigma social de las enfermedades mentales de la Asociación Mundial de Psiquiatría. Así lo proclamó la entonces presidenta de la WPA, la coreana Felice-Lieh-Mak, al denominarlo «símbolo de esperanza» para todos los que sufren dolencias similares.

Nash habla en Madrid de su enfermedad pero lo hace para cuestionar lo que los demás llaman recuperación. Él, en el fondo, aunque es consciente de su mejoría, no se siente recuperado porque no puede volver a trabajar en lo que le siempre le ha gustado. No puede volver a producir trabajos originales. Y a la vez hace patente el terrible dolor que sufre quien recobra la razón y recuerda los abismos visitados.

En el año 2001, tras el engolado biopic de Ron Howard, la vida de J. F. Nash sufrirá otro y aún más importante cambio. Las demandas de conferencias y de apoyo a la causa de los enfermos mentales son incontables. Se suceden los viajes de ambos, casi siempre acompañados por su hijo John Charles, también brillante matemático y también enfermo de psicosis esquizofrénica desde 1986.

John Forbes Nash visitó España con cierta frecuencia. Un servidor tuvo la oportunidad de verle intervenir en Madrid en congresos de Psiquiatría al menos un par de veces más: en el año 2006 y en el año 2008, traído porJuan José López Ibor. En el año 2007 estuvo en Santiago de Compostela para hablar de su tema, de la «teoría de juegos en economía».

Durante los últimos años el matrimonio Nash ha seguido dedicado a esparcir por el mundo ese «símbolo de esperanza» en que se transformó el Premio Nobel de Economía. Últimamente su gran preocupación era que su hijo John Charles tuviese la mejor asistencia sanitaria posible porque también sufrió un cáncer. Estaban muy involucrados en varias asociaciones de apoyo a los enfermos mentales. Alicia se convirtió en una buena portavoz de la necesidades de estos pacientes generalmente desfavorecidos por el sistema sanitario. A ese respecto es muy ilustradora la entrevista que le hizo Susan K Livio en el año 2009.

En ella Alicia enfatiza la importancia de reforzar en Estados Unidos la atención psiquiátrica a cargo de equipos de tratamiento asertivo comunitario, que fue la terapia que recibió su hijo durante los peores años de su enfermedad con buenos resultados. La salud de John Charles y, sobre todo, qué sería de él cuando ellos faltasen pasó a ser la diaria obsesión de unos padres ancianos. Y así les sorprendió la muerte.

Desde el punto de vista psiquiátrico la evolución clínica de John Forbes Nash cae dentro de los parámetros esperables. Los estudios de seguimiento de enfermos con esquizofrenia se hacen durante periodos de veinte a treinta años. Y la mayoría de ellos informan de recuperaciones en un 60-70% de los casos. Así pues el caso de Nash no es un caso raro en cuanto a la estadística aunque sí lo fue en cuanto a la forma de producirse, tras muchos años de una evolución maligna. Ello nos informa del relativo poder de predicción que tiene un diagnóstico de esquizofrenia, que no puede ser un diagnóstico definitivo ni lapidario.

En cuanto a la calidad de dicha recuperación surge la controversia. En este sentido John Nash ha sido sincero, aunque la imaginación de Hollywood se empeñase en hacerle enloquecer dos veces mostrándole como «totalmente curado». Nash siempre dijo que había mejorado pero no lo suficiente para volver a un nivel de funcionamiento similar al de los compañeros de su edad. Las veces que yo le vi y escuché en persona, y es una impresión compartida, la realidad no desmentía sus declaraciones al respecto.

Lo que la adulteración ficcional de Howard lanzó al ruedo tiene el peligro añadido de fomentar dos tópicos tan falsos como manidos en el terreno de la asistencia psiquiátrica, especialmente desde la proliferación de las redes sociales: la no existencia de la enfermedad mental y el hecho de que los tratamientos farmacológicos destruyen las neuronas. Lo que no es moco de pavo.

En la diseminación acrítica de este último meme tiene cierta responsabilidad el propio John Forbes, que afirmó en repetidas ocasiones que «desde 1977 no tomó ni un solo psicofármaco y que su curación se debió tanto al control racional de sus ideas delirantes como a los cambios hormonales propios del envejecimiento», aspectos ambos indemostrables. Es lo que su esposa Alicia englobó en su famosa frase de que «la curación se debió sobre todo a llevar una vida tranquila».

Este es uno de los momentos en los que, revisando sus declaraciones, parece que John Forbes Nash no manejó bien la fama y dejó muchos cabos sueltos en terrenos que requieren de una especial cautela a la hora de hacer afirmaciones. Como cuando hablaba de que buscando la racionalidad como ideal encontró la locura o de que la locura es un sueño del que se entra y se sale. Chorradas geniales, pero chorradas. El hecho es que ya no podremos aclarar ciertos interrogantes sobre la personalidad de Nash y sobre el verdadero alcance y duración de su dolencia. Dudas que si estuviesen resueltas evitarían muchas discusiones entre pacientes, familiares y profesionales. Y, en parte, la sombra de la duda nos acompañará porque tratábamos más a menudo con «el personaje creado por un prestidigitador que mezcló sin tino a seres reales con fantasmas interiores» (Ángel Fernández-Santos, otra vez) que con un ser humano de carne y hueso. Ya nunca sabremos cuándo actuaba John Forbes Nash y cuándo le dominaban las «esquinas sombrías de su alma».